Muchos ciudadanos que tienen un apartamento en la playa, lo adquirieron después de ahorrar durante tiempo y de entramparse, a veces. No, no lo compraron porque les sobrara el dinero: ni forman parte de fondos buitres ni blanquearon fortuna en la compra del mismo. Son ciudadanos alejados de eso, vecinos que pagan sus impuestos y piden encontrar los fines de semana la paz que se merecen en ese apartamento adquirido, a veces, con enorme sacrificio.

Residentes que un día pueden despertarse en su apartamento, pensando en una tranquila jornada de caminar por el paseo marítimo—en el Puerto de Mazarrón, por ejemplo—y encontrarse con una familia de ocupas que han invadido, no solo uno de los apartamentos que decidieron hacer suyo—en la subida al Faro, por ejemplo– y si también los espacios comunes, porque resolvieron que si no tienen luz se asalta el cuarto de contadores y si hay que romper varias veces la puerta, pues se hace, porque están seguros de que aquí no pasará nada: solo pasará que el gasto de mantenimiento aumentará para los sorprendidos vecinos.

Como no ocurrirá nada si intentan engancharse al agua por las bravas, rompiendo los candados de la puerta que cuida la maquinaria, golpeando el motor  de la bomba del aljibe y dejando entrar el aire haciendo que funcione en vacío. Es decir, destrozándolo y dejando a  los vecinos del edificio sin el preciado líquido. Pero como, al parecer, se sintieron frustrados por el destrozo, que también impedía que ellos tuviesen agua, miccionaron—he querido ser elegante–sobre el aljibe que suministra el edificio, obligando a vaciar al alcantarillado:18,000 litros de agua, viéndose la comunidad obligada a desinfectar el mencionado aljibe, mientras que los que han  provocado ese desaguisado continúan trapicheando con drogas—en su idioma, y en el nuestro también–, en las narices de los pacíficos residentes que no saben como quitarse este problema de encima.

Porque tampoco se lo pueden quitar con sus denuncias a la Guardia Civil, una y otra denuncia que, al parecer, guarda el sueño de los justos en las estanterías del cuartel ,y en las de los vecinos que, un tanto desesperados,  decidieron ir a contar su frustración a las autoridades que, ante el asombro de los y las denunciantes, les daban un consejo: “hagan fotos”, graben en el momento en el que estén haciendo sus tejemanejes.

Sí, los denunciantes han de ir con pruebas, a poder ser gráficas, para hacer las denuncias, porque, al parecer, los indicios, los testimonios solos, no valen, aunque los vecinos tengan esos indicios y testimonios: porque los sufridos propietarios ven el coche de los ocupas aparcado en la puerta y trapicheando con los sujetos que se acercan. Ven también las personas que entran y salen, porque se han puesto cámaras, pero lo hacen con gorras y pasamontañas para no ser reconocidos. Y todo esto, se les ha relatado a las autoridades, pero contestan eso de las “pruebas gráficas”.

 ¿Se imaginan a los vecinos con cámara en ristre poniéndose a fotografiar a presuntos delincuentes? ¿Serán capaces de acercarse al coche y fotografiar como se trapichea con drogas? ¿Algunos se atreverán a hacer maniobras de aproximación para pegarse sigilosamente por detrás, y  grabar las conversaciones de los que participan en la venta y compra de sustancias?

Yo no tengo respuesta para estas preguntas, porque solo soy periodista, no tengo alma de héroe, seguramente porque soy de las que pienso que un héroe es un cobarde con un ataque de pánico que responde de manera inconsciente y por eso hace lo impensable en cualquier ser humano normal: una heroicidad.

Pues bien, a los ciudadanos no se les puede pedir ser héroes, solo que sean buenos vecinos y que puedan confiar en quienes han de protegerles para, entre otras cosas, poder sentirse seguros en sus casas.

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 19 de noviembre de 2025

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