El pasado domingo, José Ángel Antelo, el entonces responsable de dar la cara por Vox en la Región de Murcia—en Vox no hay lideres, aparte de su excelso guía Santiago Abascal– hacia unas declaraciones en un periódico de Galicia en las que, entre otras lindezas por el estilo,  decía cosas como “Las decisiones en Vox se toman para mantener el negocio de cuatro”, a la vez que aseguraba que la fundación Disenso—entidad presidida por Abascal— “es un entramado empresarial”, asegurando también que el paso de la formación ultraconservadora al Eurogrupo de Orbán fue un error. Y a “buenas horas mangas verdes”, porque esto lo dice cuando  Orbán ha recibido la paliza electoral de su vida y ya pinta menos en Europa que Antelo.

            Pero es ahora, desde el pasado 25 de marzo, cuando la dirección del partido le pidió que dejara la Presidencia en Murcia, cuando Antelo ha entrado en un  camino de acusaciones y de recordar todo aquello que su partido hace mal–al parecer son muchas cosas–, dando un ejemplo de cómo recobrar la memoria sin sentir el más mínimo pudor al hablar de sus miserias, teniendo en cuenta su silencio cuando defendía los  postulados de esa formación política a la que ha “descubierto” ahora, diciendo cosas como: «En Vox no existe la democracia, la libertad. Es el imperio del miedo». “Porque, si no, estás fuera, estás en la calle. Lo más sagrado que tiene una persona es la libertad de expresión. En Vox no existe. No puedes decir nada que no sea lo que te dicen que tienes que decir y como lo tienes que decir”.

            Y yo me creo todo esto que el señor Antelo dice, pero no se que pensar de un hombre, con más de dos metros de estatura, que se ha pasado una parte de su vida—desde que se le ocurrió entrar en Vox—sin poder decir “esta boca es mía”, según cuenta ahora.

Pero eso que ha dicho de no poder hablar no acaba de “colar”, porque él ha dicho y hecho muchas cosas durante este tiempo. Ha mostrado su apoyo  al amado líder Abascal. Se ha plantado ante las cámaras de TV, en Torre Pacheco, y ha defendido con calor los principios de su partido mezclando cosas como inmigración y seguridad. Ha dejado muy clara su postura respecto a la expulsión de inmigrantes. Ha vinculado su apoyo a los presupuestos del PP, en Murcia—y el PP lo aceptó–, a cambio del cierre de un centro de menores inmigrantes en la Región, importándole un pito el futuro de estos chicos desamparados y ha defendido la necesidad de llevar el reparto de menores ante los tribunales de justicia porque, al parecer, el piensa que no tienen derecho a vivir con dignidad, entre otras cosas.

Es decir, calló durante su tiempo en Vox porque era la que le interesaba. Tuvo el mismo discurso de Vox, porque era lo que sentía, lo que pensaba. Que ahora nos diga que en Vox no hay democracia—que no la hay es de manual–, es para hacérselo mirar.

Como Vox tiene que hacerse mirar el guirigay en el que se está convirtiendo  este partido en la Región—ante la felicidad del PP– donde un día si y otro también, en los últimos tiempos, nos despertamos con las declaraciones de algún, o alguna representante de esta formación que,  hartos ya de estar hartos, dicen “adiós a la francesa” y siembran el desconcierto entre una militancia que no sabe a que atenerse, mientras las dimisiones de sus representantes—lo de dirigentes queda para los de Madrid—se suceden en distintos puntos de la comunidad. La última en Las Torres de Cotillas, especialmente preocupante, porque el dimitido concejal de Seguridad Ciudadana y Protección Civil, Pablo Alberto Ruiz Sánchez, habla de posibles corruptelas entre algunas colegas de partido, y esto ya son palabras mayores.

            De lo del diputado de  Vox, en la Asamblea,  Antonio Martínez, que  llamó a “combatir con violencia” la defensa de sus premisas ni hablamos: Produce tanta tristeza.

            Publicado en La Opinión, de Murcia, el 22 de abril de 2026

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