En esta ocasión, escribir mi artículo semanal es especialmente difícil. Porque es muy complicado  decir adiós a alguien a quien quieres, a quien respetas, a quien valoras. Y todo esto va unido, para mi, al hablar de José Ballesta, de Pepe, para los muchos amigos que fue dejando a lo largo de su vida profesional y personal. Una vida que se ha roto demasiado pronto y que nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad del ser humano,  por mucho que su apariencia esté plena de fortaleza.

            Sí, se nos ha ido el alcalde de Murcia, José Ballesta, y lo ha hecho con una enorme dignidad, desarrollando hasta el final de sus días su labor como gestor de la ciudad sin que su enfermedad, de hace un tiempo, le impidiese hacerlo. Pero así era, nada de alejarse de su intensa labor; antes al contrario, presencia en todos los actos en los que la  figura del alcalde de una ciudad es requerida y aguantando los momentos menos placidos de un padecimiento que él, más que nadie—no olvidemos su condición de médico—, sabía como marchaba.

            Y ante su adiós, es inevitable destacar su saber estar ante esa enfermedad que se lo llevo. Pero es también el momento, para mí,  de recordar el día en que tuve la fortuna de conocerle, junto a su mujer, en Cabo de Palos, al lado de  un grupo de amigos—todos ellos de la Universidad–entre los que él destacaba por su acusado sentido del humor, mezclado con esa fina ironía que solo los más inteligentes son capaces de practicar. Y en ese momento, se habló de la Universidad de Murcia, como una premonición de su posterior elección  como Rector de esa institución. Una etapa de máximo responsable de la centenaria entidad, que sirvió para que la Universidad murciana tuviese una presencia social que hasta el momento no había tenido, quizás porque todas las universidades tienen una cierta tendencia al ensimismamiento, al alejamiento de una sociedad que les ve alejada de sus problemas  

Pero ese no era su caso, como me demostró día tras día, cuando en mi condición de simple profesora asociada recurría a él; todos los cursos, para sorprender a mis alumnos con la  aparición del Rector en nuestra clase y la realización de una entrevista por parte de dichos alumnos, para ver y valorar la reacción de ellos ante este hecho inesperado. Y jamás dijo que no, antes al contrario, le parecía extraordinario ponerse al alcance de los estudiantes, para que pudieran hacerle las más insospechadas preguntas. Y ahí estaba él, contestando a todas, ganándose a ese auditorio universitario con su facilidad de palabra, con su saber estar, con su claridad de ideas, con su entusiasmo por una Universidad a la que amaba con todas sus fuerzas.

Como amaba su labor como alcalde de esa Murcia, a la que recorría todos los días para empaparse de ella porque, como confesó en una entrevista que le hice hace tiempo para este periódico, él siempre se había sentido muy responsable ante todo, quizás porque, como dijo “Tengo un alto grado de exigencia conmigo mismo”. Una exigencia que le llevo a practicar deporte en equipo en su adolescencia y primera juventud. Un deporte; el baloncesto, al que escogió porque–según contaba– la elección de un determinado deporte tiene que ver mucho con la personalidad de cada uno. En su caso, por su absoluta creencia en los equipos porque “si eliges bien a tus colaboradores te hacen mejor”. Una opinión que es fácil compartir y que nos habla de un hombre para quien ese “trabajar en equipo”, marcó su vida de Rector de la Universidad de Murcia; primero, de Consejero del Gobierno Autonómico; más tarde, hasta llegar a alcalde de Murcia en dos etapas en las que “su” equipo, llora ahora la pérdida porque sienten que no será fácil sustituirle.

Es cierto que nadie es imprescindible, pero no es menos cierto que, algunos, son más imprescindibles que otros. 

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 13 de mayo de 2026

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