DIONISIA GARCÍA, ESCRITORA MIEMBRO DE LA ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN TELMO.

LA INTERIORIDAD DEL MUNDO

DIONISIA GARCIA“Renaces si te nombro, y quedas asombrado en el umbral primero. Ya tienes patria cierta, que cerrará la herida de pasadas desdichas”.

Así suena un poema de Dionisia García. Alguien a quien vas a entrevistar preguntándote como irá la cosa y que cuando se inicia la charla todo es un fluir de buenas vibraciones. Hablamos de literatura, de poesía; no podía ser de otra manera, pero lo hacemos también de la vida, de una larga vida que comenzó en un pueblecito de Albacete y que continuó su recorrido por las calles de Murcia dejando siempre el tiempo necesario para la literatura, que le ha llevado a escribir unos dieciocho libros: cuentos, ensayo, poesía, y es que ha tenido muy presente a Borges cuando decía lo de “el tema manda”. A ella, también los distintos caminos literarios le han ido marcando el tiempo: “Hay cosas que no se pueden expresar en prosa y otras que no se pueden expresar en verso. Y el poema no quiere compañías”.

La charla tiene lugar en su casa, una casa de escritora. El pasillo lleno de estanterías atestadas de libros. Imágenes de Jorge Guillén y Jaime Siles, María Kodama y Eloy Sánchez Rosillo. Y en un lugar discreto una foto de su niñez y cuando le hablamos de cómo la recuerda nos remite a su libro “Correo Interior”, una autografía novelada donde se habla de una niña de la guerra y de la posguerra. Es, nos dice, una mirada a la vida, de los siete a los diez años. Un libro que, nos cuenta, tardó diez años en pensarlo porque se presentaba como un relato doloroso para ella. Seguramente porque eran tiempos de pocos afectos y muchos odios, aunque ella creciese rodeada del cariño de su abuela Teresa, de su padre, de una prima huérfana como ella, con la que compartía confidencias: “He escrito este libro porque creo que puede dar un poco de luz a mis libros anteriores, a mi recorrido. Puede explicar todo lo que yo he escrito. Sí, mi infancia fue feliz, cerca de la abuela, se jugaba en la calle y yo disfrutaba en aquel pueblo pequeño—Fuente-Álamo, de Albacete– al que quiero y al que llevo conmigo. Pero mi ciudad es Murcia, donde estudie en la Universidad y donde he desarrollado mi vida”.

Habla y relata las cosas pormenorizadamente. Le gusta recrearse en los detalles porque a ella le agrada sentir que le estás comprendiendo, que tiene algo que comunicarte y que su discurso te está llegando. Y en esta charla, tan especial para nosotros, tiene un recuerdo para Sorén Peñalver del que destaca su erudición y al que agradece el descubrimiento de muchos libros que ella desconocía.

Es gratificante hablar con una persona que no concibe la vida sin la relación con el ser humano porque, nos dice, la condición humana es lo que de, alguna manera, nos impulsa a hacer las cosas que merecen la pena: “Soy optimista a la manera griega: creo que en el mundo hay muchas cosas que hacer y una persona que escribe debe de ser sensible a todo lo que ocurre en el”. Como fue sensible a la literatura cuando tuvo la fortuna de encontrarse con una maestra rural que caminando por la clase, entre otras cosas, hablaba de la Iliada y ella sintió la fascinación por una obra en la que descubrió que en ella se encerraba: la novela, la poesía, la épica. Y nos habla de este tema con entusiasmo de recién llegada a esto de la lectura, de la escritura. Un entusiasmo que tiene que ver mucho con su manera de sentirse “aprendiza” siempre, con su forma de no darse importancia. Por eso casi se disculpa cuando hablamos del premio de poesía de la UMU que lleva su nombre, seguramente porque tenemos la sensación de que es una mujer que pone mucho más empeño en continuar ofreciendo algo que leer a los demás que en la búsqueda del reconocimiento personal. Un reconocimiento que no duda en aplicar a otros porque, a lo largo de la charla, van surgiendo nombres para los que quiere tener un recuerdo como el profesor de la Universidad Salvador Montesinos, de quien nos dice que acrecentaba su deseo por la lectura—le descubría libros que entonces no llegaban a las librerías—y Miguel Espinosa: “Vino muchas tardes y compartí con él su respeto por la palabra”.

El sol entra a raudales por los ventanales. Al lado de ellos una mesa impoluta donde escribe por las tardes– por las mañana lo hace en el sillón donde se sienta ante nosotros–, y siempre a mano, y siempre en agendas no gastadas y, casi siempre, con lápiz. Pero teniendo la colaboración inestimable de su nuera Aránzazu que le pasa lo escrito al ordenador. Una colaboración importante como importante ha sido siempre el respeto que, a lo largo del tiempo, han mostrado su marido —lo reconoce como su mejor crítico–, y sus hijos, hacia esa necesidad suya de tiempo, aunque ellos saben, nos dice sonriente, que siempre está cuando se le necesita. Como procura tener tiempo para los amigos porque se ha de disfrutar del mundo si se quiere escribir algo.

Oyéndole nos viene a la mente ese “confieso que he vivido” de Pablo Neruda. Porque ella también lo ha hecho, lo hace, nos dice rotundamente: “Sí, a estas alturas de la vida, ya en el último tramo, confieso que he vivido y he sufrido; que también es vivir. Es fácil comprobar que no se escribe de la felicidad, seguramente porque solo existen momentos felices que hay que aprovechar”. Algo que ella intenta hacer con la publicación, próximamente, de un libro de Aforismos que le hace especial ilusión porque no es un género que la mujer haya practicado, y un libro de poemas para el próximo año.

“Alejandra puso los pies en la pequeña alfombra donde estaban sus zapatos, y se desperezó con desgana…”. Sí, es el comienzo de “Correo interior”. Aquella niña, es la escritora de hoy.

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 16-6-2011
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