JUAN JOSÉ QUIRÓS, ESCULTOR

BUSCADOR DE FORMAS Y EMOCIONES

JUAN JOSE QUIROSSu apariencia física está lejos de podérnoslo imaginar con la fuerza de un volcán cuando exterioriza sus sueños y la pasión que desborda cuando describe su manera de concebir la escultura. Pero todo eso se pone de manifiesto cuando hablamos con este hombre que posee unos ojos azul de mar y luce una cuidada barba que le prestan un cierto aire de artista del Renacimiento. Y cuando habla gesticula intentando hacerte comprender todo lo que siente y como se siente escultor. Como descubre las formas soñadas por las noches, cuando trabaja, cuando las sombras le ayudan a crear, cuando el silencio se apodera de su taller y de esos alrededores que le vieron crecer en Santa Lucia, ese lugar al lado de Cartagena, donde se levanta la casa de sus padres y la que será suya. La que construye poco a poco y en la que va instalando fuentes que manan agua para que el murmullo de la misma pueda ser oído en toda la casa. No quiere salir de este lugar donde todo el mundo se conoce, donde su niñez transcurrió con juegos en la calle y la protección de la ermita de la Soledad, una pequeña iglesia erigida en la cumbre, abierta a todos los vientos.

Sí, fue un niño feliz, y se le nota, seguramente porque, de siempre, supo lo que quería ser. Y quería ser artista y hacer las figuras que nos rodean en el lugar en el que mantenemos la charla, aunque casi le da vértigo llamarse escultor: “Yo hago lo que hago, y la gente es quien me reconoce, pero sería falsa modestia si te dijese que no me reconozco escultor, claro que me siento escultor”.

Miramos alrededor, tiene apilados decenas de CDs con un lugar especial para Serrat y Marco Frisina, que es el compositor del Vaticano y que crea una música que agradecemos nos haya revelado al regalarnos un CD: “Para mí fue un gran descubrimiento. Es un gran seductor y su música es un reflejo de su persona. Le conocí este verano y me fascinó”. Y nos muestra una obra dedicada a él. Una obra que manifiesta toda la pasión del autor, la misma que pone cuando nos explica que él procura reflejarse en el espejo de la vida: “La vida es un espejo fantástico para mirarse. El tema es tener los ojos abiertos a lo que refleja, como El Principito. No importa la condición sexual, la ideología política porque mi obra no refleja nada de eso: si un inmenso amor a Dios, eso si refleja”.

Ante esta declaración de principios se nos ocurre pensar que quizás se siente más cómodo en la creación de matiz religioso, pero lo niega con vehemencia: “Me encuentro cómodo en la obra, me da igual del tipo que esta sea, porque a mi me gusta crear con los parámetros de la vida. Me gusta crear pensando en la sonrisa de un anciano, en el llanto de un niño porque me ha motivado”. Y nos muestra una escultura por lo que el siente algo especial. Una figura que esculpió cuando ocurrió la muerte en Madrid, por violencia de género, de la dominicana Lucrecia. Una escultura que es un canto a la libertad, a la igualdad, a la solidaridad. Y en ella, con la que ha querido que le fotografiemos, ha volcado de manera especial toda su rabia contenida en una escultura a la que solamente le falta hablar porque tiene la mirada de la esperanza en algo que no llegó nunca: “La obra tiene que seducir, como la persona. No importa que sea religiosa, civil o abstracta, me da lo mismo. La obra tiene que tener sangre, el barro tiene que tener el ímpetu de la sinceridad, de tu verdad. Es lo que les hace a las obras vibrar”.

Se confiesa un buscador de formas, de emociones porque, nos dice, el arte es una forma de vida, una manera de ser, de pensar, de vivir: “Una forma de compartir con los demás lo que llevas dentro. Y es que a mi me gusta mucho la palabra compartir. Lo que no se comparte, no se disfruta”. Pero el si comparte su arte, así es que se encuentra entre los privilegiados que no morirán nunca porque su obra está diseminada por toda la Región-14 monumentos con 39 años dan para sentirse orgulloso-para ser contemplada y tocada, como en el caso de la escritora y académica Carmen Conde que se encuentra al paso de los viandantes en la calle del Carmen de Cartagena, sentada en un banco, con un libro entre las manos y la mirada decidida que le hizo especial: “Podría centrar los sentimiento que me embargan diciendo solamente que me hace feliz que la toquen, que se hagan fotos con ella, que la admiren diariamente”. Sí, le gusta que sus esculturas estén en la calle porque, nos dice, su obra es legible: “Mi obra es un reflejo mío, habla claro”.

Charlamos de sus aficiones, de sus gustos, y descubrimos que siente un amor especial por Roma. Una ciudad que no ve como una población a la que viajar y si un sitio donde vivir. Y descubrimos que para el, los lugares son atractivos en función de la gente con la que se encuentre porque no entiende la vida sin amigos, así es que nos atrevemos a pensar que sus sentimientos hacia la ciudad eterna tienen mucho que ver con su extraordinaria amistad con la periodista Paloma Gómez Borrero, de la que nos habla con indisimulada admiración y de ese compositor que nos ha descubierto, Marco Frisina.

Indagamos en sus proyectos. Y sí, trabaja en un gran monumento para fuera de nuestra Región y en una exposición para otro país. Pero no ampliaremos datos por si se hace verdad eso de que las cosas no salen si se cuentan, aunque el lo tenga más fácil que otros porque, nos dice. “Cuando me levanto por la mañana pregunto: Señor, hoy que hacemos. Siempre cuento con Dios en mis planes”

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 10-3-2011
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