La  tasa de fecundidad se sitúa en nuestro país en  1,1 hijos por mujer–muy por debajo del 2,1 necesario para el reemplazo generacional—y  la edad media para tener el primer hijo ronda  los 32,6 años: una de las más altas de Europa.

Si a esto unimos los datos que nos hablan de que casi un 43% de las mujeres españolas no llegarán a ser madres, es fácil deducir la gravedad del hecho porque estos datos mantienen a nuestros país como uno de los que registra menor natalidad a nivel mundial.

La población nacida en el extranjero ha superado, en España,  los 10 millones de personas. Podríamos decir que la  inmigración sostiene el crecimiento demográfico y la natalidad ya que los  nacimientos, por parte de madres procedentes del exterior, representan  cerca de un tercio de todos los alumbramientos en España y la llegada de foráneos ha compensado el saldo vegetativo negativo –más muertes que nacimientos– y el envejecimiento de la población nacional.

Sí, la población extranjera equilibra el mercado laboral, sostiene el sistema de pensiones y enriquece el consumo interno, tal y como ponen de manifiesto Funcas y BBVA Research que señalan que el empleo extranjero explica el crecimiento económico reciente ya que su fuerza laboral resulta vital en sectores donde hay escasez de mano de obra local.

Pues bien, con todos estos datos podríamos hacer un ejercicio de imaginación impagable.

Podríamos imaginar que ocurriría si  durante quince días pararan en nuestro país quienes limpian  nuestras casas.

Podríamos imaginar que sucedería si durante quince días pararan todos y todas las cuidadoras de nuestros mayores dependientes.

Podríamos imaginar que pasaría  si durante quince días pararan todos y todas las que se encargan de cuidar a los hijos mientras  los padres trabajan.

Podríamos imaginar que acaecería si durante quince días pararan todos y todas las que cultivan nuestros campos y recogen las cosechas de los alimentos que consumimos y exportamos.

Podríamos imaginar que acontecería si durante quince días todos los médicos que nos vinieron, especialmente de países de habla hispana, dejaran de hacer las guardias de fines de semana en nuestros hospitales.  

Podríamos imaginar que pasaría si durante quince días pararan todos los que vemos asfaltar nuestras carreteras y construir esas casas tan escasas en nuestro país.

Y no paremos de imaginar. Preguntémonos que harían los propietarios de  esos pisos antiguos,  en un 4º sin ascensor: los que solamente se les puede alquilar a esos que al parecer despreciamos.

Imagínense también, lo que se produciría si de pronto salieran de nuestro país esas familias que viven hacinadas en una sola habitación de viejas casas que nosotros explotamos.

Sí, imagínense si durante quince días, los camareros y camareras que trabajan en nuestros bares y restaurantes salieran en tropel asustados por el fundamentalismo de algunos.

Pues bien, con todo esto hay quienes como el PP y Vox, firman en Aragón, Extremadura y Valencia—a la espera de Andalucía—documentos cargados de xenofobia para hacer posible la gobernación entre ambos partidos. Documentos que, entre otras cosas dicen: “El acceso a todas las ayudas, subvenciones y prestaciones públicas se inspirará en el principio de prioridad nacional, que procure la asignación prioritaria de los recursos públicos a quienes mantienen un arraigo real, duradero y verificable con el territorio”.

Pues leyendo esto es fácil imaginarse lo anterior y preguntarse  esto: ¿Trabajar aquí en lo que nadie quiere, tener hijos que aumentan una natalidad cada vez mas baja, generar en torno al 10% de los ingresos de la Seguridad Social, convertirse en el motor del mercado laboral, compensando el estancamiento de la población activa local y  mitigando el envejecimiento demográfico, no es tener arraigo real?

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 3 de junio de 2026

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