“Yo, por la libertad, aventuro la vida”. Como titulo para una novela queda redondo. Pero no es el título de una novela, es la grandilocuente frase de la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que desde su regreso de México anda desatada, de declaración en declaración, intentando superarse asimisma en cada una de sus intervenciones, en las que pretende transmitir una imagen de mujer aguerrida que fue a México a defender la historia de los españoles corriendo peligros, que consiguió salvar con valor extremo, como se espera de los conquistadores españoles a los que ella fue a defender “allende los mares”.
Y esto nos despertaría una sonrisa condescendiente si no fuese tan patético, porque de lo “sublime a lo ridículo” hay poco trecho. Sí, la línea entre la grandeza y el ridículo es extremadamente fina y en situaciones donde la vanidad se acrecienta, un mínimo error de cálculo puede destruir toda la dignidad y convertir el hecho en una completa farsa. Justo en la que Ayuso ha convertido su viaje, de diez días de duración, a México. Un viaje, según ella “oficial”—si no fuese oficial no se lo pagaría la comunidad de Madrid–, que no ha contado con el beneplácito de las autoridades mexicanas y que ha servido para tensionar las relaciones de México y España que, en los últimos tiempos, y gracias al esfuerzo de Felipe VI, estaban viviendo un momento de tranquilidad, después de que en 2019, el entonces presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, intentase tapar sus problemas internos y se pusiera “estupendo” exigiendo al Rey que pidiera perdón por los abusos cometidos durante la conquista.
Si, saco del armario el siglo XVI para crear controversia en su país, enfrentarse a España que, siempre fue una nación amiga; con la que ha mantenido y mantiene importantes transacciones comerciales, y entretener al personal con disquisiciones históricas. Y aunque el rey de España no le escribió esa carta que esperaba el presidente mexicano, si ha buscado la concordia entre dos países que deberían de sentirse siempre amigos, reconociendo este año que “hubo muchos abusos y controversias éticas”. Lo suficiente para que la actual presidenta de México Claudia Sheinbaum, entendiera el mensaje, tendiera la mano y se suavizaran las relaciones entre los dos países.
Todo parecía haber tomado el camino que no se debió de abandonar, el camino del entendimiento entre dos pueblos amigos, justo hasta el numerito montado por Ayuso, alguien que no tiene potestad para representar a España en el extranjero, pero que se permite erigirse en defensora de las esencias patrias, en un país que no es el suyo, importándole un pepino las palabras del Rey porque, al parecer, ella está por encima de todo.
Y alguien debería decirle que las relaciones exteriores son una competencia exclusiva del Gobierno central porque, en España, el artículo 97 de la Constitución así lo establece. Sí, la Comunidades Autónomas carecen de competencias en política internacional, y aunque desarrollan una intensa acción exterior, lo cierto es que esta está encaminada a promover sus intereses económicos, culturales y sociales sin usurpar la representación de nuestro país.
Que Ayuso haya viajado a México, para homenajear a Hernán Cortés, en un momento en que España y el país azteca están intentando restablecer sus relaciones diplomáticas es incalificable.
Siempre sentí una atracción especial por México. Me gusta su música, su comida, la gente que la habita. Esa gente que recibió, con los brazos abiertos, a miles de compatriotas nuestros que, terminada la guerra civil, se vieron obligados a buscar otros lugares donde rehacer sus vidas. Y México fue uno de esos lugares donde se les permitió vivir en libertad.
Lo de Ayuso. Lo de Hernán Cortés, ahora, es de “aurora boreal”.
Publicado en La Opinión, de Murcia, el 20 de mayo de 2026

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