Montesquieu, fue un filósofo y precursor de la sociología. Un  pensador  con pasión por la ciencia, que desarrolló su pensamiento político profundizando en la distribución de las funciones del Estado.  

Su labor fue decisiva para definir el principio de las democracias occidentales en la que hay que evitar el abuso de poder y proteger los derechos individuales a través de contrapesos mutuos o, lo que es igual, la separación de poderes, porque la separación de poderes es un principio democrático fundamental, propugnado, sí, por Montesquieu, que divide las funciones del Estado en tres ramas independientes —legislativa, ejecutiva y judicial—,que es lo que permite el funcionamiento de las democracias.  

Son tres soportes imprescindibles para que una democracia funcione, pero me atrevería a decir que, por encima de todo, está la justicia porque, su buen ejercicio, es vital para el buen desempeño de los otros dos poderes—gracias a los Jueces del Supremo en  EE.UU., las estrafalarias decisiones de Trump hacen menos daño–, pero la imagen de la misma se resiente cuando hay momentos en los que, quizás sin pretenderlo, no se ofrece  apariencia de imparcialidad y de neutralidad.

Una imagen que ya salió muy tocada en el 2023, cuando los jueces convocaron manifestaciones ante los tribunales de justicia  contra la ley de amnistía y el acuerdo entre el PSOE y sus socios de Gobierno—Jueces y Juezas para la Democracia no secundaron estas manifestaciones–, ofreciendo una representación muy desconcertante ante los que creemos en el valor de una justicia ecuánime y equitativa.   

Imagen desconcertante, porque aparecían con la vestimenta oficial de los jueces y magistrados en actos judiciales, en España y otros países: toga negra, que simboliza autoridad, imparcialidad y respeto, luciendo también en las bocamangas las puñetas, que representan distinción, autoridad y solemnidad en el ejercicio de la justicia; pero no, en ese momento no estaban en el ejercicio de la justicia. Se mostraban en contra de una decisión de otros poderes.  

Pues que quieren que les diga, yo creo que producen más respeto los jueces y juezas de los que no se saben muchas cosas. Quizás, porque el ser humano tiende a admirar más a lo que está rodeado de un “halo de misterio” que genera una cierta fascinación.  Y si la justicia se imparte con demasiado ruido, deja de tener ese atractivo que siempre crea lo ignoto.

Pero las nuevas tecnologías—lo de X ha hecho mucho daño—los ha puesto al alcance de todos. Y comprobamos que son humanos—algunos de ellos demasiado humanos–, pero sobre todo, descubrimos su manera de pensar y de sentir. Y eso si que no es bueno para la imagen de la justicia: deberían de guardar  las formas.  

Y todo esto viene a cuento porque, hace unos días, la Comisión Permanente del Consejo General del Poder Judicial decidía no sancionar al juez Eloy Velasco que llamó «cajera de Mercadona» a la eurodiputada de Podemos, Irene Montero,  así como tampoco al juez Manuel Ruiz de Lara—su obsesión por el presidente Sánchez le ha llevado a llamarle psicópata– que se refirió a Begoña Gómez, mujer del presidente del Gobierno, como «Barbigoña» en la red social X. Y para justificar su petición de archivo, los vocales que lo han conseguido, se escudaban en el derecho a la libertad de expresión que ampara a los dos jueces.

            Pero miren por donde, el ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, que ha utilizado también X para hablar del tema diciendo que “el corporativismo es muy perjudicial para la imagen de la Justicia”, se encuentra con la reacción de algunos jueces que manifiestan que  llamarles “corporativistas” forma parte de una “premeditada campaña de desprestigio”.

Y pregunto: ¿El derecho a la libertad de expresión solo ampara a los jueces?

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 4 de Marzo de 2026

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