Organizado por la Real Academia de Bellas Artes de Santa María de la Arrixaca, ayer se celebraba una mesa redonda, dentro del ciclo “Los martes en la academia”, en homenaje al gran escultor, Antonio Campillo. Y se hacia, con la colaboración de la fundación que lleva su nombre, con motivo del centenario de su nacimiento.
Un nacimiento que tuvo lugar en 1926, en la Era Alta. Una pedanía del municipio de Murcia, con poco más de tres mil habitantes, que ha pasado a la historia por haber sido el lugar de nacimiento de uno de los grandes escultores murcianos. Un escultor que conservaba el amor por la huerta que admiraba, que continuaba teniendo su estudio en la antigua y bonita casa de sus padres– ese lugar que le vio nacer– y que recibía a la gente abriendo una botella de vino para disfrutarlo con sus visitantes. Entre limoneros, olor a azahar y el murmullo de una acequia próxima que le hacia tener presente sus raíces. Y siempre con esa elegancia innata con la que se nace: el pañuelo en el cuello, cabello blanco y el cuido que se notaba en el peinado que nos hablaba de un hombre coqueto a una edad en la que muchos dejan de serlo, pero que él mantenía con mimo.
Y me siento una privilegiada por haber podido tener el honor de visitarle en su casa de la Era Alta, donde Campillo era más Campillo que en ningún otro lugar. Porque los recuerdos de su niñez acudían a su mente de manera nítida, y esa charla pausada con la que yo disfruté, me permitió descubrí al pintor, sí, pero también al hombre que disfrutaba con lo que hacia, que entregó su vida a la escultura, porque no se imaginaba haciendo otra cosa, y que llevaba a Murcia casi grabada en su piel.
Rememoro aquella conversación con nitidez y cuando le resalté la belleza del lugar, la sensación de serenidad que emanaba, me habló de su niñez con emoción, de sus padres con profundo cariño, de las vivencias de aquel entonces como algo impreso en su corazón: “Recuerdo mi casa con un bullicio de ocho hermanos, subiendo y bajando por la riera, bañándonos en la acequia. Cantaban las ranas en el brazal y sí, yo tengo unos recuerdos de la infancia preciosos”.
Esto nos contaba cuando ya tenía más de ochenta años y conservaba intactas las mismas ganas de vivir, de esculpir y de sentir, que mantuvo hasta el último día de su vida. Un hombre cercano y un artista inmenso que podía presumir de que, entre otras cosas, en una de las plazas más emblemáticas de Madrid, La Plaza de España, luciera una escultura suya: Las Cantareras, que habla de lo justo de proclamarle, en su momento, Premio Nacional de Escultura Francisco Salzillo, al considerarle uno de los mejores escultores de la segunda mitad del siglo XX. Reconocimientos que no le impedían ser un hombre sencillo en el trato, que disfrutaba del rincón que le vio nacer.
Se cumplen cien años de su nacimiento, pero los y las que aman el arte, no podrán olvidar al artista, al hombre que creo una manera especial de esculpir. Formas rotundas, formas inconfundibles con las que identificar una obra que perdurará en el tiempo porque sus esculturas parecen no tener edad. No, no es posible confundir su obra con la de otros escultores, como tampoco es posible enmarcarle en una época determinada porque tiene la virtud de lo intemporal.
Un pueblo que honra a sus artistas esta en el buen camino. Un camino que lleva a evocar, en el centenario de su muerte, a quien mostró un gran dominio del modelado en barro y de la figura humana y que los admiradores del escultor rememoran ahora con conferencias, mesas redondas y la creación de un jardín en el lugar que le permitió soñar, la Era Alta, que viene a unirse, aunque más modestamente, al parque dedicado a su obra, en la avenida Príncipe de Asturias, de Murcia, donde lucen, de forma permanente, nueve de sus esculturas.
Publicado en La Opinión, de Murcia, el 11 de febrero de 2026

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