El martes de la semana pasada, se ponía en marcha la comisión de investigación del Congreso de los Diputados sobre la dana sufrida en Valencia, hace un año. Días de reflexión sobre el dolor de las victimas, en los terribles relatos de los familiares de aquellos que se fueron en la mayor tragedia vivida en Valencia desde hace muchos años. Días en los que se encogía el alma oyendo a quien encontró a su padre muerto y ahogado en barro en el garaje. A quien, con la mirada un tanto extraviada, aún no terminó de asimilar que su marido y sus dos hijos ya no aparecerán más por su casa. A quien le es imposible no romper en llanto al recordar la perdida de su hermana y su sobrina aquel día de hace un año en el que 229 personas dejaron sus vidas en sótanos inundados, en el barro de los barrancos, en las carreteras convertidas en ríos que lo arrasaban todo a su paso: también la alegría de esos familiares que quedaron aquí y a los que les costará recuperarse.

Sí, porque el dolor por la perdida de un ser querido es largo. Es un proceso que causa tristeza, ansiedad, confusión. Pero cuando esa pérdida se produce por un suceso imprevisto, incomprensible, extraño, a todo ese dolor, se une el enojo y la rabia también. Una rabia, que a veces se muestra con las lagrimas de impotencia o con las palabras que intentan hacer entender ese suplicio inmenso que a muchas personas les es difícil de entender, porque carecen de la capacidad de empatía que se le supone al ser humano. Y así se nos dio ver y oír como, a las palabras de dolor de las victimas, algunos diputados intervenían con incomprensibles expresiones de desprecio, y casi de odio, hacia los que habían llegado allí en busca de comprensión, de ayuda para tanto dolor, de empatía.

Una empatía ausente en la intervención de algunos diputados culpando a las victimas y haciendo preguntas acusatorias sobre ellas, para terminar negándoles un aplauso de reconocimiento a tanto tormento. Algo muy difícil de comprender para cualquier ser humano. Y me niego, me niego a aceptar que el ejercicio de la política pueda alcanzar tal grado de villanía como la mostrada, en esta comisión, por los diputados del PP y Vox (el lenguaje no verbal de este diputado mirando al techo mientras las victimas hablaban le mostraba como un ser despreciable), que no solo menospreciaron con sus gestos las palabras de las victimas comparecientes, también mostraron la catadura moral de quienes, seguro, van los domingos a misa y comulgan y hablan de Dios, en vano.

Rosa Álvarez, Presidenta de la Asociación de Victimas Mortales de la dana y que perdió a su padre en esa tragedia, declaraba al llegar “Que las víctimas seamos las primeras en hablar, nos hace recuperar la confianza en las instituciones”. Desconocemos que pensará ahora, después del espectáculo ofrecido por unos diputados que seguro, en sus mismos partidos, produjeron bochorno, y en los ciudadanos que les vieron, que les oyeron, vergüenza ajena,

El ejercicio de la política debería de merecer todo nuestro respeto, porque estamos hablando de participación ciudadana en la vida pública que hace posible la democracia. Sí, el ejercicio de la política es también votar y afiliarse a partidos políticos, entre otras cosas, con el objetivo de influir en las decisiones colectivas y en los resultados del proceso político. En definitiva, el ejercicio de la política es algo noble que algunos se empeñan en ensuciar, cuando para descalificar al oponente en muchas ocasiones utilizan la expresión de “estar politizado”.

Y esto es lo que hicieron los diputados del PP y Vox, arremeter contra los comparecientes en la comisión del Congreso calificándoles de eso, de “estar politizados”. Ellos, que llevan comiendo de la política toda su vida y alguno desde varios partidos. Pura coherencia.

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 12 de noviembre de 2025

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