Que La Manga es un lugar privilegiado está fuera de toda duda. Que podría haberlo sido mucho más, es más cierto aún. Porque ese espacio natural, que debería haberse convertido en un paraíso, nunca lo fue porque, desde el primer momento, el urbanismo se cuidó poco, o nada; porque no se tuvo en cuenta la más minima exigencia estética en sus edificaciones y porque da la impresión de que cada uno edificó, donde y como quiso, sin responder a unas mínimas normas. Normas que hubiesen evitado convertir ese paraje bendecido, por la naturaleza, en un conglomerado de edificaciones, de los más variados gustos.
Pero, al parecer, en La Manga, se puede continuar construyendo en emplazamientos naturales, ya que todo “es legal”. No existen ningunas normas, por parte de los ayuntamiento que tienen competencia, sobre ese espacio.
Como ustedes saben, la administración de La Manga del Mar Menor se divide entre los ayuntamientos de Cartagena en su parte sur y San Javier en su parte norte. A partir del kilómetro 3.5, La Manga corresponde a San Javier, mientras que la parte desde el kilómetro 0 al 3.5 pertenece a Cartagena y ambos municipios crearon un consorcio para gestionar la zona.
Un Consorcio que, para el ejercicio 2025, experimentó un incremento del 12,6 % con respecto al año anterior, que se reúnen periódicamente y que se dedican a cuestiones como mejorar el transporte público en la zona de influencia de este organismo y cosas por el estilo. Pero, al parecer, jamás tuvieron una reunión para hablar de las barbaridades urbanísticas que se cometen ahí. Y lo que más extraña es que a estas reuniones también asisten representantes de vecinos y colectivos del lugar a los que, por lo visto, tampoco les llama la atención los dislates de edificabilidad que se cometen.
Vemos una foto de la obra de un mastodóntico chalet. Se advierte que se está contrayendo sobre una pequeña colina, justo al lado del faro (una torre cilíndrica pintada a bandas horizontales blancas y negras con una altura de 29 metros), que durante años ha venido imponiendo su presencia en ese lugar privilegiado, como el de todos los faros que pueblan las costas. Hasta ahora, porque, según parece, el chalet que se está levantando, justo al lado del faro, medirá unos once metros de alto, así es que, dependiendo desde donde miremos, la construcción tapará en el paisaje una parte del faro y este emergerá tímidamente por encima del caserón. Una edificación a la que no se le puede reprochar nada porque, en La Manga—esto es lo incomprensible– se puede continuar, y se continúa construyendo, en parajes naturales, sin que exista ninguna disposición que lo evite…
No, no hay ninguna norma que pueda impedir esta barbaridad urbanística. No hay ninguna disposición que impida la edificación de un chalet de 11 metros de altura con su correspondiente gran piscina, sobre un promontorio rocoso junto al faro del Estacio, porque aunque suene extraño, todo allí es suelo urbano. Y si cuando comenzó la urbanización de La Manga del Mar Menor en 1961, con un proyecto urbanístico que buscaba convertirla en un destino turístico internacional—después se quedaría en mucho menos—con la construcción de carreteras, hoteles, apartamentos y centros comerciales, no existían normas que pusieran un poco de orden, en la urbanización, ya no estamos en el siglo XX. Estamos en pleno siglo XXI y debería de haber una mayor exigencia de respeto hacia la naturaleza. Y los gobernantes tienen la obligación de implantar unas normas que impidan barbaridades como esta que se está cometiendo al lado del Faro del Estacio.
Gobernar es tomar decisiones que mejoren la sociedad. Impedir que continúen los dislates urbanísticos, en un lugar como ese, debería de ser misión inexcusable de eso que llaman Consorcio de La Manga.

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