En los últimos tiempos, la acción de la justicia en España se nos muestra, cuanto menos, sorprendente. En algunos años, hemos pasado del silencio y el respeto de la sociedad hacia el trabajo de los jueces, y juezas, al ruido mediático alrededor de ellos y al exhibicionismo sin pudor que muchos practican, como si hubieran perdido el concepto de prudencia que debería de rodearles siempre, porque yo si comparto eso de que “la prudencia y la justicia son dos de las cuatro virtudes cardinales enunciadas por Platón para alcanzar la perfección moral. Y es bueno que vayan de la mano porque cuando la justicia –la administración de la justicia– actúa con manifiesta imprudencia se desvía de ambas virtudes a la vez”.
Y claro que estoy decepcionada con el funcionamiento de la justicia en los últimos tiempos en nuestro país. Claro que si, porque no es posible que no decepcionen algunas actitudes de magistrados que lejos de ser un ejemplo en eso de impartir justicia han convertido su importante misión en un espectáculo difícil de calificar. Pero pese a todo ello, yo no dejare de pensar y de sentir, que la justicia es ética, es equidad, es honestidad. Debería de ser la necesidad de dar a cada uno lo que le corresponde, porque impartir justicia no puede ser otra cosa que poseer la cualidad de ser justo, imparcial, equitativo
Pero que difícil es creer en todo esto cuando, por ejemplo, una jueza puede dejar en la calle a un personaje capaz de contratar a un asesino a sueldo para terminar con su expareja diciéndole eso de “prefiero que parezca un accidente de coche”, porque, al parecer, esto ocurrió hace tiempo—se está a la espera de juicio– y según la opinión de la magistrada, “no existe peligro”. Así como suena, el acusado se gastó 18.000 euros en contratar en la red a un sicario que nunca actuó, pero está en libertad porque la jueza considera que no existe peligro.
Y mientras tanto, la mujer amenazada continua en un sinvivir porque, como ella ha manifestado, cuatro años después, continua mirando alrededor cuando sale del trabajo, de su casa, porque el miedo forma parte de su vida “ya no tengo la calma que solía tener en mi vida”. Una mujer que vive en Pontevedra, pero que puede ser cualquier otra que, amenazada por su expareja, resida en otro rincón de este país donde un hombre, que contrata a un matón para que la mate, puede caminar libremente por la calle sin sentirse culpable, sin que la justicia le haga sentirse culpable. Porque no es que el personaje se arrepintiera, es que el contratado decidió desaparecer con el dinero y no cumplir el encargo.
La Guardia Civil hizo su trabajo, presentó denuncia contra el individuo mostrando pruebas de su culpabilidad, pero más de cuatro años después, el tribunal continúa sin ponerle fecha al juicio y, lo que es más asombroso, prosigue sin calificarlo como violencia de género.
Durante el 2024, los juzgados de violencia sobre la mujer de toda España recibieron un total de 50.536 denuncias, un 4,79 % más que en el año anterior. Al parecer, una de cada dos mujeres residentes en España, de 16 o más años, han sufrido violencia a lo largo de sus vidas por el solo hecho de ser mujeres.
Y nos preguntamos si estos datos no tendrán nada que ver con el tipo de educación que se imparte en nuestros colegios, teniendo en cuenta que países como Islandia, que encabeza el ranking de naciones con una mejor enseñanza, que es el país más seguro del mundo, también se nos muestra como el de mayor igualdad de género. Le siguen Finlandia y Noruega, situándose Suecia en el quinto lugar, detrás de Nueva Zelanda.
Y digo yo, algo estarán haciendo bien los países del norte, en el campo de la educación, cuando arrojan estas cifras que deberían de hacernos pensar. Y mucho.
Publicado en La Opinión, de Murcia, el 22 de enero de 2025

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