La semana pasada, se cumplió un mes de que la DANA irrumpiera en lugares de La Mancha, en muchas ciudades de Valencia y en el corazón de todos los españoles, porque todos los españoles reaccionaron de una manera extraordinaria ante una catástrofe que tardaremos en olvidar. Una solidaridad que asombró a ciudadanos de otros países, que descubrieron la disposición que tiene esta tierra para hacer brotar su enorme capacidad de ayuda a los demás: una capacidad de ayuda que se ha multiplicado por mil entre los más jóvenes. Jóvenes que manejan las redes y que supieron movilizarse a través de ellas para hacer acopio de alimentos sí, pero también para ir personalmente a mostrar su apoyo a unos ciudadanos que, lamentablemente, a estas alturas, aun continúan sintiendo la sensación de desesperanza de los primeros momentos.

Y si el balance que se está haciendo de las ayudas recibidas procedentes de la administración, después de un mes en el que las aguas arrasaron casas, industrias y miles de sueños de los habitantes de esas tierras, no deja en muy buen lugar a los políticos que les gobiernan, no pasa lo mismo con los miles y miles de voluntarios; en su mayoría jóvenes, que acudieron en masa a meterse en el fango para intentar adecentar las calles y las casas de los habitantes de algunos de los pueblos más afectados por la DANA, en la provincia de Valencia, y que comprendieron muy pronto la magnitud de esta tragedia.

Lidia es una chica joven, de Murcia, que no se ha quedado con los brazos cruzados ante esta catástrofe y que junto a amigos y conocidos, muchos de ellos de Águilas, deciden agruparse e ir de voluntarios. Y no es capaz de contener su emoción al contarnos como han ido turnando su estancia en Paiporta—la zona cero de la catástrofe– en función de los trabajos y las posibilidades de cada uno. Los primeros que fueron lo hicieron en furgoneta y su misión allí fue la de transportar comida desde los puntos de recogida hasta las viviendas, pero pronto se dieron cuenta de que la necesidad era hacer comida caliente a las familias de allí, y se pusieron manos a la obra y acabaron montando un campamento con mas de veinte personas trabajando y mas de diez fuegos en marcha. Los voluntarios que estaban allí, en el lugar de la catástrofe, les pedían a los que habían quedado aquí, las cosas que necesitaban, haciendo acopio estos de todo lo necesario entre los conocidos, entre los murcianos que se han volcado con ellos y con otros muchos que están colaborando en la recuperación de una tierra que tardará mucho en olvidar esta pesadilla.

Como este grupo de voluntarios murcianos que nos dicen cosas como “Lo más mágico de aquello fue que éramos veinte personas que sin conocernos estábamos trabajando todos a una por gentes que tampoco conocíamos, pero que nos necesitaban”. “Un día fui entrando en los edificios preguntado a los vecinos si había personas en sus casas sin comida y fue increíble como se abrían las puertas de los abuelitos y se les llenaban los ojos de lagrimas al darles un plato de comida”.

Bueno, pues ya ha pasado un mes, es hora de que sea la administración la que tome cartas en el asunto y cumpla con su deber: los ciudadanos les eligen para que sean capaces de dar la talla en momentos de desesperación, como este que se está viviendo.

Porque las imágenes que nos ofrecen las distintas televisiones continúan hablándonos de dolor y de abandono, de desesperanza y de impotencia de unos ciudadanos a los que se les ha borrado la sonrisa de la cara. Unos ciudadanos que no pueden hablar sin que afloren las lágrimas a sus ojos y que parecen haber dejado de creer en una administración que se muestra incapaz de reaccionar ante esta auténtica tragedia.

Y sí, siempre contaremos con este pueblo maravilloso: pero esto, no es suficiente.

Publicado en La Opinión, de Murcia el  4 de diciembre de 2024

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