POLITICA Y EL PASO DEL TIEMPO

El concepto de tiempo lo definen  como una magnitud física que mide la duración de los acontecimientos de nuestra vida terrenal que están sujetos a un cambio. Y se nos ocurre que un buen método de investigación al respecto sería el que durante un tiempo, pongamos por caso dos años,  nos fuésemos haciendo fotos diariamente para comparar al final, en nuestros gestos, en nuestra mirada, en nuestra sonrisa, cómo, de qué manera nos afectó el paso del tiempo. Claro que no bastarían las fotos porque alguien debería informarnos, me temo que nosotros no seamos capaces, de cómo hemos ido evolucionado en nuestro carácter, en nuestra forma de percibir el mundo, en nuestros pocos aciertos y en nuestras muchas equivocaciones y si hemos aprendido algo de estas.

Bueno, todo esto si usted no se dedica a la política porque, si es así, tenemos la impresión de que el paso del tiempo no le afectará de la misma manera: la tontería que hizo o dijo hace tiempo volverá a repetirla, a poco que le den oportunidad de hacerlo.

Algo así como lo que ocurre con Pedro Alberto Cruz, el Consejero de Cultura y Turismo del Gobierno de esta Región que, pasado un tiempo desde que entró activamente en política, continua con el mismo discurso faltón y prepotente, como cuando descalificó intelectualmente a todos los que osaron no compartir su forma de entender la promoción de la Región con la creación del personaje Karabati y la campaña Murcia No Typical, o los que disienten de su manera de concebir el hecho artístico que a veces da la sensación de buscar llamar la atención desde un concepto narcisista de la vida: en esta no vale todo, ni en el arte tampoco. Ya se,  seguramente yo no estoy a su altura para hablar de arte, así es que lo reconozco  y me evito su desautorización, pero si estoy a la altura de cualquier vecina de esta tierra que experimenta  la necesidad de manifestarse en un escrito en defensa del patrimonio histórico-artístico de la Región y que se siente agredida cuando alguien habla de esquizofrenia para referirse a tal hecho.

Los investigadores de la Universidad de Ohio–Fairhirst y Sarr– escribieron un manual encaminado a conseguir que nuestros mensajes provoquen una reacción, llegando a la conclusión de que así  como Nixon demostró en el siglo XX que la imagen en televisión era clave, en el siglo XXI importan las palabras. Es decir, las ideas mal expresadas pueden hundir a un presidente de Gobierno, como sucedió en ese caso. Bueno, a un presidente o algún consejero que en ausencia de argumentos para rebatir opiniones  entra en el camino de las descalificaciones e incluso de los “malos humos” democráticos. Algunos deberían leerse el manual al que hago referencia.

 Publicado en el diario La Opinión, de Murcia, el 19-12-2009
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