SIN MOTIVOS PARA PRESUMIR

lunes, 14 marzo, 2011

BOLSAEl Muro de Berlín, llamado también “Muro de la vergüenza”– uno de los símbolos de la Guerra Fría– tuvo el triste honor de separar las dos Alemanias desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989. Ese 9 de noviembre caía la mole de 50 kilómetros de largo y 4 de alto que durante 28 años impidió que familias enteras pudieran unirse y que colaboró a que se mitificara lo que solamente era producto de la irracionalidad del ser humano. Tanta irracionalidad, que a lo largo de esos años muchas personas dejaron su vida en un intento por alcanzar “la otra orilla”, mientras mucha gente de buena fe imaginaba que detrás de ese muro imperaba la igualdad más absoluta, la equidad económica y cultural, la dignidad del individuo.

Pero cuando ese muro cayó con estrépito ensordecedor esa gente de buena fe pudo comprobar un gran engaño. Porque detrás de las ruinas que dejaron los cascotes del muro solo encontraron la nada, la tristeza más absoluta. Y los ojos, inevitablemente, se volvieron hacia las bondades del capitalismo, porque no se vislumbraba–tampoco ahora– otro horizonte, entre otras cosas, porque es fácil la adoración al becerro de oro, en el que todos nos sentimos cómodos.

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JUAN JOSÉ QUIRÓS, ESCULTOR

lunes, 14 marzo, 2011

BUSCADOR DE FORMAS Y EMOCIONES

JUAN JOSE QUIROSSu apariencia física está lejos de podérnoslo imaginar con la fuerza de un volcán cuando exterioriza sus sueños y la pasión que desborda cuando describe su manera de concebir la escultura. Pero todo eso se pone de manifiesto cuando hablamos con este hombre que posee unos ojos azul de mar y luce una cuidada barba que le prestan un cierto aire de artista del Renacimiento. Y cuando habla gesticula intentando hacerte comprender todo lo que siente y como se siente escultor. Como descubre las formas soñadas por las noches, cuando trabaja, cuando las sombras le ayudan a crear, cuando el silencio se apodera de su taller y de esos alrededores que le vieron crecer en Santa Lucia, ese lugar al lado de Cartagena, donde se levanta la casa de sus padres y la que será suya. La que construye poco a poco y en la que va instalando fuentes que manan agua para que el murmullo de la misma pueda ser oído en toda la casa. No quiere salir de este lugar donde todo el mundo se conoce, donde su niñez transcurrió con juegos en la calle y la protección de la ermita de la Soledad, una pequeña iglesia erigida en la cumbre, abierta a todos los vientos.

Sí, fue un niño feliz, y se le nota, seguramente porque, de siempre, supo lo que quería ser. Y quería ser artista y hacer las figuras que nos rodean en el lugar en el que mantenemos la charla, aunque casi le da vértigo llamarse escultor: “Yo hago lo que hago, y la gente es quien me reconoce, pero sería falsa modestia si te dijese que no me reconozco escultor, claro que me siento escultor”.

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