JUAN MARTÍNEZ MOYA, PRESIDENTE DEL TRIBUNAL SUPERIOR DE JUSTICIA DE LA REGIÓN DE MURCIA.

LA FORTALE3ZA DEL EQUILIBRIO

JUAN MARTÍNEZ MOYASu despacho da la sensación de desorden muy bien organizado. Sabe donde está cada cosa, pero los libros se apilan, los documentos invaden su mesa y se muestran fotos de diversas vivencias, resaltando las imágenes que reflejan distintas audiencias con el Rey y los dibujos de sus hijas que sirven para recordarle que tiene otra vida fuera de aquí, que las tres llenan reflejando sus sonrisas, junto a su mujer, en fotos que irradian felicidad. Seguramente porque tienen un padre que también lo es y que también lo era cuando niño: “Sí, fui un niño feliz. Y no recuerdo mi niñez con nostalgia sino como un proceso mío de maduración, de evolución. Integrado en mi familia viviendo en un pueblo, como es Alquerías”. Un pueblo que está presente en este lugar con olor a vida donde cuelga un cuadro con el que presume de la iglesia donde fue bautizado, donde hizo la primera comunión.

Si, Juan Martínez Moya creció en Alquerías y, junto a cinco hermanos, exploró los primeros paisajes y recibió las primeras enseñanzas de una maestra que invoca con ternura, Doña Isabel. Ella le enseñó a descubrir una parte del mundo y el preparó a su hijo para juez y es que, nos dice, le vida tiene estas cosas hermosas.

Como hermoso es recordar, como el lo hace, a sus padres, a su numerosa familia: sus abuelos y 35 primos hermanos que disfrutaban de manera especial cuando llegaban las fiestas de San Juan, y organizando partidos de fútbol en la playa como un anticipo de lo que su padre quería para el:”Me quiso inculcar que fuese futbolista y estuve siete años en los equipos del Real Murcia, pero no llegue a jugar en la máxima categoría”. Y con sentido del humor nos confiesa que se conformaba con intervenir en los partidos de entrenamiento con los mayores del Murcia.

Así es que, con estos antecedentes, nadie hubiese podido imaginar que terminaría siendo juez a los 23 años y cuando la apuntamos que si fue una vocación temprana con rotundidad nos dice que no, que fue una vocación recreada: “Para mi la carrera judicial fue un descubrimiento. Pensaba quedarme en la Universidad pero Esteban Martínez-Abarca, cuando yo estaba estudiando cuarto de derecho, me animó a prepararme para la judicatura. A mi me gusta el derecho y me gusta la docencia. Por eso doy clases en la Escuela de Práctica Jurídica”.

Le gusta y se le nota. Y sí, habla con pasión de ese “descubrimiento” que le hizo ser juez, y cuando le expongo mis dudas sobre la dificultad de poder abstraerse de los juicios paralelos con absoluta seguridad nos dice que es dificilísimo: “La clave está en saber mantener el equilibrio. Y ese equilibrio es el blindaje que te da la independencia, la fortaleza del juez, su legitimidad. Lo importante es saber preservar la independencia”.

Es interesante escucharle porque su experiencia docente se nota en el diálogo y algo tan complejo como la aplicación de la justicia podemos llegar a percibirlo desde otro prisma. Y esto es lo que nos transmite cuando le mostramos nuestra preocupación por la sensación que, a veces, percibe el ciudadano de que la ley no es igual para todos y reconoce que el mundo de lo litigioso es enormemente complejo, que los jueces deben de ser previsibles, aunque esto no significa que sean inamovibles en sus decisiones y que la propia estructura judicial y la propia configuración del poder judicial hace que se generen respuestas desiguales. “La clave de la igualdad y de la uniformidad jurídica está en los tribunales superiores y ahí es donde se tiene que predicar al máximo la independencia judicial y generar uniformidad jurídica”.

No resistimos la tentación de mostrarle nuestra preocupación por la lentitud de la justicia, por lo injusto que puede llegar a ser esta si después de largo tiempo se produce la absolución del reo, cuando el daño social se ha producido. “La solución está en tratar de encontrar una nueva estructura del sistema, no haciendo los pleitos interminables”.

La charla transcurre sin prisas por su parte, que yo agradezco infinito porque me da la oportunidad de profundizar en un mundo fascinante, porque es sincero en su exposición y porque me permite descubrir cosas que agradezco. Y así hablamos de si puede ser un problema para la justicia el exceso de exposición pública de algunos de los que forman parte de la misma: “Puede ser, pero eso también es responsabilidad de los medios, de donde se quiere focalizar la noticia. La justicia trata de ser lo más transparente, el centro de atención está en otro lado”.

Ante la acumulación de libros en el despacho, no todos de temas legislativos, es fácil adivinar un acusado amor por la lectura y así es: se confiesa un apasionado de la misma y con entusiasmo, yo creo que el hace todo con entusiasmo, nos relata sus preferencias que van, desde los ensayos de todo tipo; preferentemente relacionados con el derecho, hasta la novela y, sobre todo ahora, la obra de Stefam Zweig, de Azaña: confiesa que admira tanto su faceta de jurista como de escritor y político, con un lugar especial para Eduardo Mendoza—nos recomienda su obra “La vida de tres santos”—y Delibes.

Pero nada de ser un ratón de biblioteca, el tiempo puede dar para mucho más. Por ejemplo, para ese partido de futbol que juega todos los jueves junto a un grupo de amigos para comprobar que el organismo sigue respondiendo. Y viajar, y entusiasmarse recordando su tiempo de estancia en Guatemala, Nicaragua, y en general toda Centroamérica, seguramente porque atesora una larga experiencia de intervención como consultor y conferenciante en esos países.

Nos despedimos no sin antes confesarnos que su libro de cabecera es: “Elogio de los jueces” de Piero Calamandrei, donde se desgranan las reflexiones del autor acerca de las relaciones entre la abogacía, la judicatura, y de ambas con la justicia. Pasados casi setenta años de su publicación continua estando vigente, y el lo sabe.

Publicado en La Opinión, de Murcia, el 1-7-2010
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